Siempre me intrigó qué
buscaba una persona común y corriente escribiendo un diario. Digo, alguien que
no escribe más que para llevar un registro de sus pensamientos y hechos de la
vida cotidiana, ¿qué espera encontrar, con los años, al revisitar esos
manuscritos? (Dijo Ciorán: “Lo que sé a los sesenta años, ya lo sabía a los
veinte. Cuarenta años de un largo, superfluo trabajo de comprobación”). Ayer
estaba en el balcón, entretenido con el trajinar de los demás, cuando vi pasar
caminando por la vereda de enfrente a una ex compañera de la escuela primaria,
aunque sólo formalmente (y haciendo un gran esfuerzo de imaginación) esa mujer
gruesa y un poco zombi era la niña Flavia que compartía conmigo un pupitre
doble en el colegio parroquial. Recordé de golpe esa tarde en que, aprovechando
el descuido de un recreo, con otros dos chicos nos escabullimos en el aula
vacía para leerle su diario íntimo que sabíamos que traía en su cartera. ¿Qué
era eso de “llevar un diario”, como lo había comentado en una clase? Tenía uno
de esos cuadernos con cinturón y traba, de color rosa y con motivos infantiles
para niñas, que se venderían en las librerías de entonces. Supongo que “llevar
un diario íntimo” sería un juego más para las niñas de entonces. Nos fijamos en
lo último que había anotado, y nos dio gracia que alguien se tomara el trabajo
de dejar asentado qué había desayunado esa mañana o lo primero que oyó cuando
se despertó. Lo que yo no pude percibir, es que esa compañerita de diez años ya
tenía una relación personal con la escritura (y con el lenguaje) de la que yo
carecía. Tal vez por falta de vida interior, a nosotros, los varones, nos gustaba
inmiscuirnos en la privacidad de Flavia.
Los
diarios de escritores son otra historia. Quien tiene cierto prestigio y practica
este hábito sabe que, de no destruirlo a tiempo, esos textos tarde o temprano
serán publicados por los ávidos herederos de su obra. Es extraño: en vida no lo
dieron a la imprenta pero, sabiendo que se morían, tampoco se lo dieron al
fuego. Está el caso también de Gombrowicz, el polaco exiliado por la fuerza en
Buenos Aires al comenzar la segunda guerra mundial: privado de sus amigos, sus
familiares, sus bienes, ¡su lenguaje!, durante años luchó contra el bloqueo y
el vacío escribiendo un diario excepcional, que publicaría a su regreso al
viejo continente y luego de 23 años de vida sudamericana. Cito, por ejemplo,
esto que vio en un viaje a la Argentina profunda: “¡Innumerables niños y
perros! Nunca he visto semejante cantidad de perros... y tan tranquilos. Aquí
si ladra un perro lo hace por broma. (...) Lo que vi ayer en el parque: un
chiquillo de cuatro años desafió a boxear a una muchachita que no tenía idea de
lo que era el box, pero que por ser más gordita y más alta le daba muy duro. Y
un grupito de pequeñuelos de dos y tres años, en camisones largos, tomándose de
las manos, saltaban y gritaban en su honor: –¡No-na! ¡No-na! ¡No-na!”. También
nombraría el voluminoso diario que llevaba Bioy Casares, escritor y amigo
íntimo de Borges: con sus anécdotas y observaciones sarcásticas sobre el
mundillo de la literatura, sus herederos armaron una biografía del poeta ciego.
Lo más llamativo de este libro son las muchas valoraciones de don Adolfo sobre
los que lo rodeaban: uno se pregunta cómo un caballero tan respetuoso y cortés
en público, podía pensar, en la intimidad de su diario, tantas maldades juntas.
Y
otra historia son, también, las memorias escritas por quienes, sin esperarlo,
el destino puso en el rol de guardianes del que ya no está. Ellos y ellas
fueron quienes sobrevivieron a sus hermanos, maridos, tíos, padres, para cuidar
de su obra y dejar testimonio de lo que vivieron como espectadores
privilegiados de otras vidas geniales. Paseando la mirada por los lomos de mi
biblioteca me acordé (porque un señalador asomaba a mitad de camino como un
índice acusador) de que aún me debía llegar al final de las memorias que
escribió la segunda esposa de Dostoievski, Anna Grigórievna Snítkina, que pasó a la historia (oh sociedad
patriarcal) como Anna Grigórievna Dostoiesvskaia. Llamó a sus memorias personales
“Dostoievski, mi marido”, corriéndose del protagonismo desde el mismo título,
como diciéndonos “su destino fue la literatura, mi destino fue él”. Es sabido
cómo se conocieron: Fiodor necesitaba de una taquígrafa que lo ayudara en la redacción
de esa novela por encargo que a la postre sería “El Jugador”. Dostoievski, en
su apuro por salir del acoso de sus acreedores por sus muchas deudas en la que
lo metía su adicción al juego y que estaban a punto de encarcelarlo, se
comprometía con sus editores en contratos leoninos como en el que estaba por
entonces: si no entregaba la novela para una determinada fecha, los derechos de
autor de toda su obra pasarían a manos de estos agiotistas. Anna llegó para
salvarlo de la coyuntura y del resto de su vida. Busco al tuntún y encuentro el
momento en que ella, que aún no sabe que será Dostoiesvskaia, ve a Fiodor por
primera vez: “Dostoievski me parecía un hombre extraño. A primera vista me pareció
bastante viejo; pero cuando empezó a hablar no demostró más de treinta y siete
años. Estatura mediana, muy derecho. El rostro era enfermizo y mostraba
cansancio (...)”. Poco después de terminada y entregada la novela, Fiodor y
Anna se casaron. Pero mejor dejo acá porque esa, esa es otra historia.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario