martes, 23 de junio de 2015

Guardianes

Siempre me intrigó qué buscaba una persona común y corriente escribiendo un diario. Digo, alguien que no escribe más que para llevar un registro de sus pensamientos y hechos de la vida cotidiana, ¿qué espera encontrar, con los años, al revisitar esos manuscritos? (Dijo Ciorán: “Lo que sé a los sesenta años, ya lo sabía a los veinte. Cuarenta años de un largo, superfluo trabajo de comprobación”). Ayer estaba en el balcón, entretenido con el trajinar de los demás, cuando vi pasar caminando por la vereda de enfrente a una ex compañera de la escuela primaria, aunque sólo formalmente (y haciendo un gran esfuerzo de imaginación) esa mujer gruesa y un poco zombi era la niña Flavia que compartía conmigo un pupitre doble en el colegio parroquial. Recordé de golpe esa tarde en que, aprovechando el descuido de un recreo, con otros dos chicos nos escabullimos en el aula vacía para leerle su diario íntimo que sabíamos que traía en su cartera. ¿Qué era eso de “llevar un diario”, como lo había comentado en una clase? Tenía uno de esos cuadernos con cinturón y traba, de color rosa y con motivos infantiles para niñas, que se venderían en las librerías de entonces. Supongo que “llevar un diario íntimo” sería un juego más para las niñas de entonces. Nos fijamos en lo último que había anotado, y nos dio gracia que alguien se tomara el trabajo de dejar asentado qué había desayunado esa mañana o lo primero que oyó cuando se despertó. Lo que yo no pude percibir, es que esa compañerita de diez años ya tenía una relación personal con la escritura (y con el lenguaje) de la que yo carecía. Tal vez por falta de vida interior, a nosotros, los varones, nos gustaba inmiscuirnos en la privacidad de Flavia.
               Los diarios de escritores son otra historia. Quien tiene cierto prestigio y practica este hábito sabe que, de no destruirlo a tiempo, esos textos tarde o temprano serán publicados por los ávidos herederos de su obra. Es extraño: en vida no lo dieron a la imprenta pero, sabiendo que se morían, tampoco se lo dieron al fuego. Está el caso también de Gombrowicz, el polaco exiliado por la fuerza en Buenos Aires al comenzar la segunda guerra mundial: privado de sus amigos, sus familiares, sus bienes, ¡su lenguaje!, durante años luchó contra el bloqueo y el vacío escribiendo un diario excepcional, que publicaría a su regreso al viejo continente y luego de 23 años de vida sudamericana. Cito, por ejemplo, esto que vio en un viaje a la Argentina profunda: “¡Innumerables niños y perros! Nunca he visto semejante cantidad de perros... y tan tranquilos. Aquí si ladra un perro lo hace por broma. (...) Lo que vi ayer en el parque: un chiquillo de cuatro años desafió a boxear a una muchachita que no tenía idea de lo que era el box, pero que por ser más gordita y más alta le daba muy duro. Y un grupito de pequeñuelos de dos y tres años, en camisones largos, tomándose de las manos, saltaban y gritaban en su honor: –¡No-na! ¡No-na! ¡No-na!”. También nombraría el voluminoso diario que llevaba Bioy Casares, escritor y amigo íntimo de Borges: con sus anécdotas y observaciones sarcásticas sobre el mundillo de la literatura, sus herederos armaron una biografía del poeta ciego. Lo más llamativo de este libro son las muchas valoraciones de don Adolfo sobre los que lo rodeaban: uno se pregunta cómo un caballero tan respetuoso y cortés en público, podía pensar, en la intimidad de su diario, tantas maldades juntas.

               Y otra historia son, también, las memorias escritas por quienes, sin esperarlo, el destino puso en el rol de guardianes del que ya no está. Ellos y ellas fueron quienes sobrevivieron a sus hermanos, maridos, tíos, padres, para cuidar de su obra y dejar testimonio de lo que vivieron como espectadores privilegiados de otras vidas geniales. Paseando la mirada por los lomos de mi biblioteca me acordé (porque un señalador asomaba a mitad de camino como un índice acusador) de que aún me debía llegar al final de las memorias que escribió la segunda esposa de Dostoievski, Anna Grigórievna Snítkina, que pasó a la historia (oh sociedad patriarcal) como Anna Grigórievna Dostoiesvskaia. Llamó a sus memorias personales “Dostoievski, mi marido”, corriéndose del protagonismo desde el mismo título, como diciéndonos “su destino fue la literatura, mi destino fue él”. Es sabido cómo se conocieron: Fiodor necesitaba de una taquígrafa que lo ayudara en la redacción de esa novela por encargo que a la postre sería “El Jugador”. Dostoievski, en su apuro por salir del acoso de sus acreedores por sus muchas deudas en la que lo metía su adicción al juego y que estaban a punto de encarcelarlo, se comprometía con sus editores en contratos leoninos como en el que estaba por entonces: si no entregaba la novela para una determinada fecha, los derechos de autor de toda su obra pasarían a manos de estos agiotistas. Anna llegó para salvarlo de la coyuntura y del resto de su vida. Busco al tuntún y encuentro el momento en que ella, que aún no sabe que será Dostoiesvskaia, ve a Fiodor por primera vez: “Dostoievski me parecía un hombre extraño. A primera vista me pareció bastante viejo; pero cuando empezó a hablar no demostró más de treinta y siete años. Estatura mediana, muy derecho. El rostro era enfermizo y mostraba cansancio (...)”. Poco después de terminada y entregada la novela, Fiodor y Anna se casaron. Pero mejor dejo acá porque esa, esa es otra historia. 

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