martes, 7 de abril de 2015

El capitalismo es un cazador solitario

         De la fauna de objetos urbanos hay una especie casi extinta que añoro: la de los bebederos de las plazas. En una incursión por la ciudad de los no tan Buenos Aires, hago un alto para descansar en una de esas plazas de los barrios del norte, tan bien provistas de todo lo que el nivel de vida del buen vecino-contribuyente de la zona reclamaría. El pasto cortado, los árboles podados, los bancos de fina madera, un sector de juegos infantiles, el arenero para los perros... Pareciera no faltar nada en esta plaza, aprobando unas hipotéticas normas ISO, excepto por el inexistente bebedero. Y yo tengo sed. Estamos en enero, el sol brilla en este reducto de la naturaleza de cien metros cuadrados emplazado entre el estruendo de la ciudad capitalina. Todo muy agradable, hasta diría muy chic, pero del bebedero ni noticias. Conclusión: Debí ir a un quiosco de allí enfrente y pagar una botellita de agua mineral: 10 pesos por 250 centímetros cúbicos de un agua mineral “fabricada” en una localidad cercana donde difícilmente haya manantiales.
Esta ciudad no tiene problemas presupuestarios, razono. Si hay fondos para instalar un banco tan confortable como en el que descanso, no debería faltar para un modesto bebedero con su necesario filtro potabilizador. Sin caer en especulaciones financieras ni teorías conspirativas, supongo (pues pienso y pienso y no hallo otra causa) que la ausencia de agua potable para los visitantes en la mayoría de las plazas porteñas está en sintonía con la facturación de los comerciantes de la zona. Esta deducción parece muy berreta, ¿verdad? Las plazas de Sábato y Piazzolla no podrían rebajarse a manejo más rastrero. Pero el capitalismo, y más aún en versión argenta, hace rato que ha perdido toda vergüenza. Dispara y dispara.

En fin, que el progreso va y viene, pero lo que siempre va es la ganancia, esa que, al decir de mi abuela, “nunca da puntada sin hilo”. 

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