De la fauna de objetos
urbanos hay una especie casi extinta que añoro: la de los bebederos de las
plazas. En una incursión por la ciudad de los no tan Buenos Aires, hago un alto
para descansar en una de esas plazas de los barrios del norte, tan bien
provistas de todo lo que el nivel de vida del buen vecino-contribuyente de la
zona reclamaría. El pasto cortado, los árboles podados, los bancos de fina madera,
un sector de juegos infantiles, el arenero para los perros... Pareciera no
faltar nada en esta plaza, aprobando unas hipotéticas normas ISO, excepto por el
inexistente bebedero. Y yo tengo sed. Estamos en enero, el sol brilla en este
reducto de la naturaleza de cien metros cuadrados emplazado entre el estruendo
de la ciudad capitalina. Todo muy agradable, hasta diría muy chic, pero del
bebedero ni noticias. Conclusión: Debí ir a un quiosco de allí enfrente y pagar
una botellita de agua mineral: 10 pesos por 250 centímetros
cúbicos de un agua mineral “fabricada” en una localidad cercana donde difícilmente
haya manantiales.
Esta ciudad no tiene
problemas presupuestarios, razono. Si hay fondos para instalar un banco tan
confortable como en el que descanso, no debería faltar para un modesto bebedero
con su necesario filtro potabilizador. Sin caer en especulaciones financieras
ni teorías conspirativas, supongo (pues pienso y pienso y no hallo otra causa)
que la ausencia de agua potable para los visitantes en la mayoría de las plazas
porteñas está en sintonía con la facturación de los comerciantes de la zona. Esta
deducción parece muy berreta, ¿verdad? Las plazas de Sábato y Piazzolla no
podrían rebajarse a manejo más rastrero. Pero el capitalismo, y más aún en
versión argenta, hace rato que ha perdido toda vergüenza. Dispara y dispara.
En fin, que el
progreso va y viene, pero lo que siempre va es la ganancia, esa que, al decir
de mi abuela, “nunca da puntada sin hilo”.
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