Me asomo por la ventana
al sol de este domingo, el primero del otoño. Las temperaturas bajaron diez
grados de un día para el otro y ahora es agradable buscar la luz de la mañana,
cuando hasta antes de ayer se le escapaba. Me quedo mirando el edificio
abandonado que a unos cien metros de donde vivo domina las alturas, entre casas
bajas. Está así desde hace dos décadas, tiene doce pisos y, con puertas y
ventanas, su terminación quedó paralizada por fallas en sus fundamentos. (Como
el de tantas vanguardias estéticas, otro “grund” que fracasa antes de
habitarse.) Sobre la terraza, revoloteando entre las antenas y los platos
parabólicos, hay dos chajás (chauna torquata), aves
carroñeras que en la calma de los domingos se acercan a la ciudad. Su tamaño
impresiona allá arriba, pero más llamativa es la escenografía que se ve de
fondo.
Esta torre abandonada ha sido visitada en los últimos
años por varias oleadas de grafiteros. Chicos y chicas que con su mochila al
hombro salen a la noche a pintar sus mensajes. Alguno habrá mirado hacia arriba
y habrá pensado que las paredes de ese edificio inútil podían ser un buen
lienzo para sus expresiones. Desde entonces se pueden divisar en la altura toda
clase de frases o letras sueltas, como “LAO”, “FULL” o “BMX”. Quizás sean
códigos que identifican al autor entre sus pares, ya que esas palabras nada
significan para el común de los habitantes. Llegan hasta el edificio entrando
por sus fondos, para eso cruzan el pulmón de la manzana. Yo los he visto trepar
la reja de un gimnasio abandonado (es una manzana bastante devastada por la
recesión) y caminar sobre el techo de chapas de cinc hasta dar con la medianera
del edificio. No me lamento por la destrucción pública, me lamento por la falta
de ideas. Tienen todo desde lo material: el tiempo, la plata para los
aerosoles, la mochila y la ropa, la tranquilidad para colarse en una propiedad
privada sin que los arresten aunque haya una comisaría a 50 metros , y hasta la temeridad
inconsciente propia de la edad para escalar una torre a medio terminar y colgarse
del vacío, a unos 40 metros de altura, para grafitear una pared entera. Lo que
no tienen, me temo, es algo que decir.
Decía que con tantos riesgos tomados, con tanta
audacia y temeridad, y teniendo a disposición una pared-cartel a semejante
altura que se divisa desde muchas cuadras a la redonda, era una lástima que
estos chicos no tuvieran algo sustancioso para comunicar. Ya que estropean el
espacio público, qué bueno decir algo ¿no? Se me ocurre, no sé, “Dios ha
muerto, somo libres” o “No vayas a votar”... Pero esta generación parece haber
olvidado el poder transformador que tiene la palabra unida a la rebeldía. Esas
letras gigantes, escritas en mayúsculas, no significan nada. Nada de nada. Pareciera
más importante el hacerse ver, el gesto exhibicionista de decirle a sus amigos
“yo me subí hasta acá” que el mensaje en sí. ¿Ni ideología, ni creencias, ni
deseos de cambiar el mundo? ¿Aunque más no sea una frase hecha del mayo
francés, del Che Guevara o del imaginario anarquista? ¿Alguna consigna
provocadora del punk rock? ¿Nada de nada?
Nada de nada. Es un poco triste comprobar que esa
yunta de chajás, que vuela en círculos entre los platos parabólicos, sea el
mayor atractivo que tiene la torre abandonada esta mañana de domingo.
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