martes, 19 de mayo de 2015

La imaginación al poder

Me asomo por la ventana al sol de este domingo, el primero del otoño. Las temperaturas bajaron diez grados de un día para el otro y ahora es agradable buscar la luz de la mañana, cuando hasta antes de ayer se le escapaba. Me quedo mirando el edificio abandonado que a unos cien metros de donde vivo domina las alturas, entre casas bajas. Está así desde hace dos décadas, tiene doce pisos y, con puertas y ventanas, su terminación quedó paralizada por fallas en sus fundamentos. (Como el de tantas vanguardias estéticas, otro “grund” que fracasa antes de habitarse.) Sobre la terraza, revoloteando entre las antenas y los platos parabólicos, hay dos chajás (chauna torquata), aves carroñeras que en la calma de los domingos se acercan a la ciudad. Su tamaño impresiona allá arriba, pero más llamativa es la escenografía que se ve de fondo.
Esta torre abandonada ha sido visitada en los últimos años por varias oleadas de grafiteros. Chicos y chicas que con su mochila al hombro salen a la noche a pintar sus mensajes. Alguno habrá mirado hacia arriba y habrá pensado que las paredes de ese edificio inútil podían ser un buen lienzo para sus expresiones. Desde entonces se pueden divisar en la altura toda clase de frases o letras sueltas, como “LAO”, “FULL” o “BMX”. Quizás sean códigos que identifican al autor entre sus pares, ya que esas palabras nada significan para el común de los habitantes. Llegan hasta el edificio entrando por sus fondos, para eso cruzan el pulmón de la manzana. Yo los he visto trepar la reja de un gimnasio abandonado (es una manzana bastante devastada por la recesión) y caminar sobre el techo de chapas de cinc hasta dar con la medianera del edificio. No me lamento por la destrucción pública, me lamento por la falta de ideas. Tienen todo desde lo material: el tiempo, la plata para los aerosoles, la mochila y la ropa, la tranquilidad para colarse en una propiedad privada sin que los arresten aunque haya una comisaría a 50 metros, y hasta la temeridad inconsciente propia de la edad para escalar una torre a medio terminar y colgarse del vacío, a unos 40 metros de altura, para grafitear una pared entera. Lo que no tienen, me temo, es algo que decir.
Decía que con tantos riesgos tomados, con tanta audacia y temeridad, y teniendo a disposición una pared-cartel a semejante altura que se divisa desde muchas cuadras a la redonda, era una lástima que estos chicos no tuvieran algo sustancioso para comunicar. Ya que estropean el espacio público, qué bueno decir algo ¿no? Se me ocurre, no sé, “Dios ha muerto, somo libres” o “No vayas a votar”... Pero esta generación parece haber olvidado el poder transformador que tiene la palabra unida a la rebeldía. Esas letras gigantes, escritas en mayúsculas, no significan nada. Nada de nada. Pareciera más importante el hacerse ver, el gesto exhibicionista de decirle a sus amigos “yo me subí hasta acá” que el mensaje en sí. ¿Ni ideología, ni creencias, ni deseos de cambiar el mundo? ¿Aunque más no sea una frase hecha del mayo francés, del Che Guevara o del imaginario anarquista? ¿Alguna consigna provocadora del punk rock? ¿Nada de nada?

Nada de nada. Es un poco triste comprobar que esa yunta de chajás, que vuela en círculos entre los platos parabólicos, sea el mayor atractivo que tiene la torre abandonada esta mañana de domingo.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario